En las alturas del monte Benacantil, en tiempos del Imperio Al-Andalú dominaba la fortaleza, un Califa llamado Alí que gobernaba desde este lugar las tierras alicantinas.
Tenía una preciosa hija de nombre Nadiva, una princesa de belleza radiante.
Por aquellos tiempos acertó a pasar por allí en embajada un intrépido caballero llamado D. Gonzalo Bermúdez, compañero de armas del mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador.
Merodeando por el castillo después de entregar su embajada se encontró frente a la adorable princesa Nadiva que había salido a dar un paseo por el jardín.
Se miraron a los ojos, se reconocieron y un inmenso fuego nació en sus corazones quedando prendados el uno del otro y locamente enamorados,
Desde entonces, cada día a la caída del sol Nadiva salía a dar su paseo y se encontraba con su amado.
El amor y la amistad iban creciendo y ambos eran felices esperando el momento de encontrarse.
Un día que se alargó algo más el paseo y bajo la clara luz de la luna llena se juraron amor eterno.
Pero cuando el Califa Alí se dio cuente de que su hija se encontraba con el caballero Gonzalo Bermúdez la prohibió salir a pasear, pues ya tenía planeado su casamiento con el Sultán de Damasco.
En cuanto a Gonzalo, le capturó y le encerró en una mazmorra.
Ante todo esto, Nadiva enfermó de tristeza y deliraba postrada por la debilidad.
-¡El amor me ahoga, padre!-
-¡Mi corazón no palpita!-
-¡El frió de la muerte me congela!
-¡El amor, el amor!...eso son zarandajas, el amor es como las flores, al igual que ellas se marchita, el amor es escurridizo, es cosa solo para las mariposas-, contestó Alí haciéndose el sordo ante las súplicas de su hija.
--¡Dejadme casar con el hombre que mi corazón ha elegido!, insistía Nadiva; no es cierto que el amor sea escurridizo, ahora lo estoy sintiendo muy fuerte y mi corazón me dice que es eterno,
¡ja, ja…eterno!, que el amor sea eterno es tan difícil como que la ladera del Benacantil mañana apareciera toda blanqueada pesar de estar en junio, y entonces se aventuró a decir:”Si mañana aparece el monte nevado te daré mi paternal consentimiento para unirte al hombre al que amas, pero si no es así en la próxima luna te casarás con el Sultán de Damasco.
Perpleja ante la argucia de su padre sabedor de que en el alacantí nunca había nevado y mucho menos en aquella época, le pidió a su padre:
-¿Me permites ahora que vaya a dar un paseo por el monte?
-Puedes ir, ya sabes que yo solo quiero hacerte feliz.
Y Nadiva Salió como un pájaro al que hubieran abierto la jaula.
Ella creía en el amor porque lo sentía y sabía que el amor puede hacer milagros.
Se sentó debajo de un almendro de los de la ladera del Benacantil y lloró y en medio de su llanto rogó al cielo, a las estrellas y a su Dios que pudiera estar toda la vida junto a su amado.
Lloró tanto que quedó exhausta y entró en un profundo sueño.
La fuerza de su amor hizo que aquel almendro se inflamara y empezó a brotar, llenándose de preciosas flores blancas; esa misma fuerza del amor se fue transmitiendo de unos árboles a otros hasta que quedaron todos cubiertos de flores.
Cuando Nadiva se despertó y vio ese prodigio dio gracias al cielo y fue corriendo a decírselo a su padre
-¡Padre mío!, venid a asomaros por la ventana. Cuando Alí así lo hizo pudo ver que todo el monte estaba blanco, pero aún así, su miedo y prejuicios eran tan grandes que no los pudo superar y en medio de un ataque de pánico pensó con su mente enloquecida, que no podía permitir que su hija se casara con el infiel y mando ejecutar al cristiano Gonzalo Bermúdez.
Nadiva estaba desesperada, el milagro se había realizado pero su padre no pudo ser fiel a su palabra, no entendía nada en aquellos momentos a pesar de ello fue valiente y se atrevió una vez más a creer en el amor.
Mientras que estaba enredada con estos pensamientos vio a Gonzalo que iba hacia el patíbulo, entonces sin pensarlo dos veces corrió hacia él, le agarró fuertemente de la mano y ambos se tiraron por la muralla, entonces, aquellos almendros floridos con la fuerza del amor se hincharon y se transformaron en suaves y blanditos colchones y los cuerpos de los enamorados fueron pasando de uno a otro sin hacerles el más mínimo rasguño
Cuando saltaron del último árbol un gran camino despejado y lleno de luz de sol se abrió ante ellos, y sin soltarse en ningún momento de la mano caminaron por él felices para siempre.
Entre tanto, el Califa Alí que adoraba a su hija enloqueció de dolor y agarrando su cabeza con las manos se lanzó también por la muralla del castillo quedando la imagen de su cara esculpida en una roca que aún podemos ver cuando visitamos el lugar, esa roca recibe el nombre de “la cara del moro” y dice la leyenda que esta imagen quedará allí hasta que una alicantina, de belleza parecida a la de Nadiva la mire y tenga piedad por la incomprensible intolerancia del amor de un padre.
Anónimo















